martes, 1 de diciembre de 2015

PLATÓN, República -> Libro VII, 514a – 517c Alegoría de la caverna

PLATÓN, República

Libro VII, 514a – 517c
Alegoría de la caverna

– Después de eso –proseguí- compara nuestra na-turaleza respecto de su educación y de su falta de educa-nción con  una experiencia  como ésta. Represéntate hom-bres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz.  En ella están desde niños con las piernas y el cuello encade-nados, de modo que deben permanecer  allí y mirar sólo delante  de  ellos,  porque  las cadenas  les  impiden  girar   en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagína-te un tabique construido de lado a lado,  como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del  biombo, los muñecos.

– Me lo imagino.

Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan [hombres] que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales,  hechos  en piedra y madera y de diversas  clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.

– Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
– Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de  los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que  tienen frente a sí?

Claro que no, si toda su vida están forzados a no mo-ver las cabezas.

¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del tabique?

– Indudablemente.

– Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los  objetos que pasan y que ellos ven?

– Necesariamente.

– Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que  pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la  sombra que pasa delante de  ellos?

– ¡Por Zeus que sí!

¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales  transportados?

– Es de toda necesidad.

Examina ahora el caso de una liberación de sus ca-denas y de una curación de su ignorancia,  qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera li-berado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello  y marchar mirando a la luz, y al hacer todo esto, sufriera y
a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto  antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías  y que ahora, en cambio está  más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira  correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y  se le obliga-ra a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas    que se sentirá en dificultades  y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se   le muestran ahora?

– Mucho más verdaderas.

Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla,  volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir,  por considerar que és-tas son realmente  más claras que las que se le muestran?

– Así es.

– Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de  llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos?

– Por cierto, al menos inmediatamente.

Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar  miraría con mayor fa-cilidad las sombras, y después las figuras de los hombres  y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hom-bres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la  luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.

– Sin duda.

– Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que  le son extra-

ños, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su pro-     pio ámbito.

– Necesariamente.

– Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los  años y que go-bierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que  ellos habían visto.

– Es evidente que, después de todo esto, arribaría a ta-les conclusiones.

– Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces  compañeros     de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería?

– Por cierto.

Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para  aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del  tabique, y para el que mejor se acor-dase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar,  ¿te parece  que estaría deseo-so de todo eso y envidiaría a los más honrados y po-derosos entre aquéllos?  ¿O más bien no le pasaría como  al Aquiles de Homero, y «preferiría ser un labrador que fue-ra  siervo de un hombre pobre» o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?

– Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.

Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocu-para su propio asiento, ¿no tendría  ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?

– Sin duda.

Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas som-bras, en ardua competencia con aquellos que han conser-vado en todo  momento las cadenas,  y viera confusamen-te hasta que sus ojos se  reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve,  ¿no se expon-dría al  ridículo y a que se dijera de él que, por haber subi-do hasta lo alto, se había estropeado los ojos,  y que ni si-quiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y  conducirlos hacia la luz, ¿no lo ma-tarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?

– Seguramente.

– Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar inte-gra esta alegoría a lo que anteriormente ha  sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la morada–prisión,  y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol; compara, por otro lado, el as-censo y  contemplación de las cosas de arriba con el ca-mino del alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivo-carás en cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto  es realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo cognoscible  se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la  causa de todas las  cosas rectas y bellas,  que en el ámbito visi-ble ha engendrado la luz y al señor  de ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y  de la inteligencia, y  que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.

– Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.


(Trad. Conrado Eggers Lan. Biblioteca Clásica Gredos,

Gredos, Madrid, 1997).